127 años de la Constitución de Jimaguayú: “La independencia de #Cuba hasta vencer o morir”

La Constitución de Jimaguayú fue la tercera Carta Magna aprobada en la manigua. Foto: Cubahora.

Por: Yunier Javier Sifonte Díaz

El Sol es fuerte sobre los campos de Jimaguayú y la claridad repleta la histórica llanura. Apenas hay unas casas de guano y tablas de palma que sirven lo mismo para descansar que para los más duros debates. Los caminos de tierra han visto el ir y venir de los últimos días, mientras desde muy cerca las tropas mambisas permanecen alertas para proteger a la veintena de hombres llegados desde todas las regiones de Cuba levantadas contra el dominio español.  

Es 19 de septiembre y Máximo Gómez se yergue entre todos. Los soldados le guardan el respeto que “el viejo” se ha ganado a fuerza de ejemplo, los asambleístas no le apartan la mirada.

Sin demasiados protocolos hace el anuncio esperado y solemne: Cuba tiene nueva Constitución y nuevo Gobierno. La Carta Magna fue firmada el día 16 después de jornadas de reuniones; la presidencia de la República recayó en Salvador Cisneros Betancourt hace apenas unas horas. Jimaguayú ha limpiado la ofrenda de aquellas muertes fatales.

Hace 22 años cayó en esos potreros Ignacio Agramonte; exactamente cuatro meses atrás perdió la vida José Martí. La elección del sitio de la reunión es un homenaje al primero; por primera vez el reconocimiento explícito del país como República de Cuba significa un guiño a los sacrificios del segundo. Gómez no lo dice, pero sabe muy bien que esta Asamblea Constituyente representa mucho del ímpetu del Delegado, aunque no lograra captar del todo su proyecto político.

“El Ejército, libre, y el país, como país y con toda su dignidad representado”, le había dicho a Antonio Maceo aquella tarde oscura en La Mejorana. No era una idea huérfana, sino meditada una y otra vez luego de la fatal experiencia del fracaso de la Guerra Grande y las ataduras originadas a los mandos militares por la Constitución de Guáimaro.

De aquellos patriotas congregados en Jimaguayú el más relevante era Salvador Cisneros Betancourt. Electo Presidente de la Cámara de Representantes en 1869, y más tarde de la República en Armas tras la muerte de Carlos Manuel de Céspedes, el Marqués de Santa Lucía aun se escudaba en la idea de repetir la estructura de la primera Constitución: un orden civil con prácticamente total influencia sobre el sector militar que dirigía la guerra.

La propia destitución y hasta las circunstancias de la muerte de Céspedes, la desunión en los años siguientes, las trabas a los planes de grandes estrategas como Gómez o Maceo y la forma en la que se negoció el Pacto del Zanjón, representaban riesgos demasiado grandes para repetir aquel esquema inoperante en un país en guerra.

Frente a esa idea, los delegados de Oriente aspiraban a una estructura en la que el General en Jefe fuera también el Presidente de la República, mientras el Lugarteniente General se desempeñara como Vicepresidente. Hábil como era, y también dispuesto a no dejarse arrebatar un proyecto en el que también le iba la vida, el Titán de Bronce conferenció previamente con ellos para fijar posiciones.

El Libro de Actas de la Asamlea Constituyente recoge todos los detalles de aquellos días. Foto: Cubahora.

El debate otra vez estaba planteado: el poder civil ante el militar, el romanticismo de una democracia pensada para la paz o la crudeza de la guerra. La idea de Antonio no parecía mala para llevar adelante una guerra, pero encarnaba el riesgo del totalitarismo y la dictadura, uno de los fantasmas que más perjudicaron la Guerra Grande.

La Asamblea decide un receso y consulta a Gómez, hasta entonces General en Jefe de las tropas por designación del Partido Revolucionario Cubano. Hasta su tienda van Enrique Loynaz del Castillo, Fermín Valdés Domínguez y Raimundo Sánchez, y le cuentan la idea que flota muy cerca de él. Pero el viejo caudillo también la rechaza. Tiene tanta moral que solo esta decisión cambia el rumbo de los debates y en definitiva la propuesta recibe solo cinco de los veinte votos.

En medio de todos, el propio Enrique Loynaz propone una solución decorosa para ambos bandos: la creación de un Consejo de Gobierno con poderes ejecutivos y legislativos e integrado por seis personas. A su vez, la Asamblea también aprueba mantener el cargo de General en Jefe y no pone oposición al nombramiento de los jefes designados durante la guerra.

Sin embargo, rancio en las disputas, Salvador Cisneros aun insiste en conseguir influencias del Gobierno en el aparato militar, y de hecho logra algunas. Así queda establecido que el poder ejecutivo puede influir en decisiones armadas en caso de “realización de fines políticos”, o el derecho a “conferir los grados militares de Coronel en adelante, previos informes del Jefe Superior inmediato y del General en Jefe y designar el nombramiento de este último y del Lugarteniente General en caso de vacante de ambos”.

Luego los delegados avanzan sin grandes disputas y finalmente están listos los 24 artículos de la nueva Carta Magna. Ha sido el esfuerzo de hombres de Las Villas, Camagüey y Oriente. Es otra vez la voluntad de la libertad o la muerte.

Loynaz del Castillo recibe la encomienda de transcribir lo acordado. Aun hoy resalta su letra sobre el avejentado papel. Es una hoja de 70 centímetros de ancho por 90 de alto, con el escudo de la República en Armas en su parte superior y las veinte firmas debajo.

Con una caligrafía minúscula y rebuscada, ligeramente inclinada a la derecha, se puede leer cómo la nueva Constitución “solemnemente declara la separación de Cuba de la Española y su constitución como Estado libre o independiente con Gobierno propio por autoridad suprema”.

Es 16 de septiembre y por fin los trabajos están terminados. La Carta Magna estipula que si dentro de dos años la guerra no ha terminado, es deber convocar una nueva Asamblea. Así llegará la Constitución de La Yaya en 1898, justo a las puertas de una intervención norteamericana que robará el triunfo mambí.

En Jimaguayú Salvador Cisneros Betancourt se convirtió por segunda vez en Presidente de la República de Cuba en Armas. Foto: Archivo.

Ahora resta escoger al Consejo de Gobierno. La votación secreta ocurre el día 17 y los delegados eligen a Salvador Cisneros Betancourt como su Presidente. Es la segunda vez en su vida que le corresponde tamaña responsabilidad. Junto a él, Bartolomé Masó será su segundo al mando.

Un día después la Asamblea designa formalmente a Máximo Gómez como General en Jefe y a Antonio Maceo como Lugarteniente General. Asimismo, Tomás Estrada Palma recibe el cargo de Delegado Plenipotenciario del Consejo de Gobierno en el extranjero, una decisión que lo saca nuevamente de la Isla y lo aleja de los sacrificios de la manigua. Es un paso más hacia las disputas éticas y morales que traerá después al país.

A la mañana siguiente las tropas están formadas bajo el Sol quemante de la sabana del Camagüey. Frente a todos está el Generalísimo, callado como siempre, la boca apretada, los ojos pequeños y de fuego. Escucha como meditando a Salvador Cisneros mientras da a conocer el nombramiento oficial como máximo líder del Ejército Libertador.

Hace pocos años “el viejo” ha escrito en su diario tres palabras que marcan toda su vida: “humilde seré feliz”. Y ahora, cuando Cuba tiene una nueva Constitución, un Gobierno definido y se abre un futuro marcado por la gloriosa Invasión a Occidente y las campañas militares mejor concebidas de todas las guerras mambisas, el General no duda en seguir aquel precepto suyo.

Se adelanta dos pasos y recibe la bandera de manos del Presidente y de Enrique Loynaz del Castillo. Con sus manos nudosas y delgadas toma el asta y levanta la enseña nacional que siente suya desde hace mucho tiempo. Solo entonces hace el juramento que cumplió hasta el final de sus días: “defender la independencia de Cuba hasta vencer o morir”.

La Constitución está redactada en una hoja de 70×90 cm. Foto: Cubahora.

http://www.cubadebate.cu/especiales/2022/09/16/127-anos-de-la-constitucion-de-jimaguayu-la-independencia-de-cuba-hasta-vencer-o-morir/

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