El hijo

¿Cómo le decimos a una madre que su hijo desaparecido es un héroe? ¿Cómo miramos a los ojos de una madre rota y le aseguramos que su dolor también nos duele?

¿Cómo contarle al padre que llora con el desconsuelo de un niño que su hijo es también nuestro, y que lo amamos? ¿Cómo no pensar en el hijo propio y sentir que falta el aire? ¿Cómo no conmoverse hasta el malestar físico? ¿Cómo contar la tragedia?

Hay tanto de manido en asegurar que no alcanzan las palabras, pero en el Hotel Velasco de la ciudad de Matanzas, en su lobby, frente a esos casi 30 familiares que esperan, se cierra la garganta, se apagan las cámaras, caen los bolígrafos.

Si terribles son los sollozos del desespero, los lamentos, más desoladores son los rostros impasibles por donde ruedan lágrimas silenciosas, madres que no hablan, que no preguntan, que solo aguardan.

«¿Por qué él?» puede ser la pregunta más desgarradora de hacer y de escuchar. Uno de esos hijos iba a estudiar Medicina y la madre nunca menciona su nombre, solo dice «mi niño».

Aunque también se haya repetido mucho, hay dolores para los que no existe consuelo y que tampoco el tiempo cura; tristezas frente a las cuales solo queda el acompañamiento respetuoso y solemne.

Se precisa mucha entereza para no derrumbarse frente a quienes viven el peor momentos de sus vidas, aquellos que esperan minuto a minuto que les llegue un hallazgo, que ansían y temen por igual una identificación, un cierre.

Digna de admirar es la fuerza de las autoridades que llegan hasta ellos para actualizarlos sobre la situación en la zona del desastre, para ofrecer explicaciones, para escuchar todas las interrogantes; con el rostro crispado, con los ojos rojos, con el deber de mantener una serenidad bajo la cual –se adivina en sus gestos y voces– nada hay de indiferencia.

¿Cómo escribirles a esa madre y a ese padre que su hijo pertenece ya a la Isla toda, que no es retórica, que hemos llorado por él en público, obviando toda la objetividad del oficio?

Nada significan para ellos nuestras palabras, es natural que así sea, no habrá alivio; y aun así el hijo ajeno nos acompañará toda la vida, el rostro que no conocemos, el pelo que no acariciamos, los sueños que no supimos. El hijo es también de Cuba. La espera es compartida.

http://razonesdecuba.cu/el-hijo/
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