Desobediencia y límites

El tema es recurrente y nos llega por diversas vías: un correo electrónico, la experiencia de una persona amiga,  lo experimentado por una vecina y las historias de muchas madres. En todas prima la preocupación por hijas e hijos desobedientes y a los que les cuesta asimilar los límites impuestos para su formación.

Sicólogos y pedagogos de reconocida trayectoria, aseguran que los límites son de suma importancia en la educación y desarrollo del individuo y están vistos como las normas sociales que deben recibir los infantes.

Dentro de los mismos, algo fundamental es la iniciación de estos en los demás, porque nadie puede colocar los suyos más allá de los de otros y porque también hay que aprender a respetar. Por eso los fines se mezclan siempre con normas,  obediencia, educación, reglas y valores morales. No se pueden establecer de manera total, sino acorde a un contexto determinado y en dependencia de la edad.

Desde temprana edad, niñas y niños deben de aprender que existen demarcaciones, moderaciones, espacios que no deben de violar. De hecho es necesaria implantarlos tempranamente y no pueden establecerse y luego ser violados. De ahí su fijación previa, pues de lo contrario dejan de ser limitantes.

 Si no se colocan a su debido momento, el menor toma sus propias decisiones a partir del conocimiento que tiene de las cosas o de su propia experiencia. Por eso es imprescindible instituirlos a tiempo para que después podamos ser capaces de exigirles por su cumplimiento, a partir de lo que conocen, pues ya poseen argumentos del por qué es esencial esa disposición.

Lo primero es que el menor debe saber exactamente qué es lo que se espera de él o ella y saber dar las ordenes y poner los lindes a su accionar, pues a menudo la desobediencias infantil la provoca una orden violenta e imperativa que le interrumpe un juego o una distracción. Por ende, las instrucciones y respuestas verbales de la familia han de ser breves y concretas para que sean entendidas de primera mano.

 Hay límites establecidos que se generalizan, por ejemplo, el respeto a las personas mayores. Estos implican en su inmensa mayoría una autoridad familiar o social. En otros casos se delimitan a la actividad rectora que predomina acorde a los niveles de edad, pero las reglas siempre son las mismas.

En todo momento, los padres deben manejar adecuadamente la autoridad sin caer en permisividad y autoritarismo, adoptando una posición intermedia, nunca extrema, pero al mismo tiempo, razonable y flexible, según el caso, la edad y la personalidad del infante.

Lo que sí está demostrado científicamente es que tanto los niños como las niñas necesitan el establecimiento de límites o zonas a su actuación, pues cuando carecen de ellos se sienten desatendidos e inseguros, porque no saben diferenciar entre lo correcto y lo incorrecto, no aprenden las normas sociales y no llegan a tolerar la frustración.

Los límites existen en la vida y hay que enseñarlos, aprenderlos y aplicarlos en el momento justo y preciso. Que nuestros hijos e hijas sepan esto, seguramente tendrán a su favor la capacidad necesaria para en un momento de sus vidas tener la suficiente continencia de saber qué se debe hacer  o no y diferir su realización para el momento  oportuno.

http://www.mujeres.cu/art.php?MzMxMjE=

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