José Martí y su sueño integracionista para América

Angélica Paredes López

 

La figura de José Martí resume lo mejor del pensamiento político y social de este continente, sus ideas tienen vigencia y son representativas del carácter, la idiosincrasia y la cultura de nuestra región.

El día antes de su caída en combate, suceso ocurrido el 19 de mayo de 1895, en Dos Ríos, el Héroe Nacional cubano escribe a su amigo Manuel Mercado una carta que ha quedado como testamento político: … «ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber -puesto que lo entiendo y tengo ánimos con qué realizarlos- de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América».

No es casual que más de un siglo después, Martí y sus ideas conserven su vigencia. Los desafíos siguen siendo, en buena medida, aquellos que conoció y avizoró el prócer independentista cubano: la tarea pendiente de completar el desarrollo económico, social, cultural y ambientalmente sostenible de nuestras repúblicas americanas.

El pensamiento de José Martí es clave para entender los procesos que vive la América Latina actual y comprender muchos problemas del mundo, por lo que constituye un puente entre el pensamiento latinoamericano y universal del siglo XIX con los siglos XX y XXI.

Su proyecto de independencia para Cuba y Puerto Rico no está desligado de otro mayor: la unidad y la integración latinoamericana.

Es desde esta perspectiva histórica, que las más recientes iniciativas de integración continental, como la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América-Tratado de Comercio de los Pueblos (ALBA-TCP), la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), con sus características diversas, pero también con sus muchas coincidencias, constituyen el paso más importante que se ha dado durante las últimas décadas en la ruta de la anhelada integración latinoamericana.

 

Las ideas independentistas y antiimperialistas de unidad, que vehementemente defendió Martí, marcan nuevas pautas en el continente americano, movilizando conciencia entre los pueblos.

En Cuba, Martí encontró en Fidel Castro a su mejor discípulo. Narra la periodista Marta Rojas, Premio Nacional de Periodismo José Martí, que fue una orden, no una casualidad, que Fidel Castro fuera fotografiado ante un afiche de José Martí en el Vivac de Santiago de Cuba, luego del Asalto al Cuartel Moncada. Esa es una emblemática imagen que ha recorrido no solo los libros de historia, sino la vida de los cubanos.

Luego, durante su alegato de defensa en el juicio por los sucesos del 26 de julio de 1953, el joven abogado expresó: “Traigo en el corazón las doctrinas del Maestro”.

Fidel fue el mejor discípulo de Martí, y el legado del líder de la Revolución cubana nos invita a reflexionar permanentemente acerca de la vigencia de Martí en el pensamiento Fidel, cómo su conocimiento acerca del proyecto revolucionario martiano le permitió comprender la realidad cubana y del mundo, y elaborar su propio programa de lucha.

Fidel, con su palabra y su obra, nos fue enseñando toda la dimensión humana, ética, política, ideológica, militar, patriótica, americanista, internacionalista y antiimperialista de José Martí. Fidel fue martiano en su comportamiento cotidiano, y tomó del Maestro su doctrina del humanismo.

En el libro “Cien horas con Fidel”, entrevistado por el intelectual Ignacio Ramonet, el Comandante en Jefe se describe como “socialista, marxista, leninista, pero primero fui martiano”.

Martí y Fidel son dos revolucionarios extraordinarios, hombres de acción, de un pensamiento universal.

La unidad es la palabra clave del mensaje de José Martí, y como luego lo hizo Fidel, llamó al internacionalismo, a la solidaridad, a la amistad entre los pueblos: “¡Los árboles se han de poner en fila, para que no pase el gigante de las siete leguas! Es la hora del recuento y de la marcha unida”.

A lo largo de los siglos, desde la publicación de “Nuestra América”, se ha ido edificando el sueño de un continente unido e integrado. “La Segunda Declaración de La Habana” demostró que era posible crear una sociedad distinta al modelo capitalista ante las propias narices de Estados Unidos. Esos dos emblemáticos textos sintetizan la evolución del proyecto emancipador elaborado por José Martí en el siglo XIX.

En la actual coyuntura regional, para resistir y enfrentar los apetitos desenfrenados del poder hegemónico imperial, decidido a apoderarse del continente, los pueblos latinoamericanos deben cimentar su unión en torno a valores e intereses comunes para poder preservar la independencia, la soberanía y la identidad de América Latina.

Como nos enseñó Martí, como nos inculcó Fidel, sólo la alianza de todas las fuerzas progresistas permitirá establecer un plan de integración regional basado en la solidaridad, la reciprocidad, la justicia social, la preservación de la cultura y la paz.

La izquierda latinoamericana vive una hora crucial. El desafío no es nada fácil. Sin la unidad, América Latina no podrá construir su futuro.

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